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ideaCualquier proyecto, cualquier empresa por compleja o sofisticada que sea empieza por un pensamiento, por una idea, una semilla de creatividad que sin embargo necesita la acción y el trabajo para llegar a materializarse. ¿Cuánto vale una idea?, ¿hay alguien dispuesto a pagar por ella?. En un momento de crisis como el actual donde los recortes se ceban con los presupuestos de marketing y los suelos de las agencias amanecen cada día tapizados por eternos becarios, es lógico preguntarse ¿es posible ser creativo y no morir en el intento?

 

 

Crowdsourcing, la externalización del talento

El viejo y rígido modelo de gestión y administración por el cual una empresa generaba su propio valor de forma interna ha dado paso en los últimos años a nuevas estructuras más libres, porosas y dinámicas. El término crowdsoucing fue acuñado por el escritor Jeff Howes y el editor de la revista Wired, Mark Robinson para referirse a la externalización del trabajo (sobre todo intelectual) a través de Internet utilizando el enorme potencial de millones de cerebros interconectados.
Desde empresas y organizaciones populares como Wikipedia o Amazon hasta prestigiosos centros de estudio e investigación como el MIT (Massachussets Institute of Technology) se valen del crowdsourcing para abaratar costes y nutrirse del ingente potencial de los miles de cerebros anónimos dispuestos a colaborar gratis a través de concurridas páginas web.

 

Wikinomía, la economía de nosotros mismos.

La red está saturada de un sinfín de personas dispuestas a trabajar, compartir información y cooperar en proyectos colaborativos tan diversos como campañas publicitarias, software, apps para móviles o un ascensor espacial. Este hecho sustentado por las nuevas tecnologías y los nuevos canales de comunicación ha propiciado el advenimiento de un nuevo modelo de "economía de la multitud" o Wikinomía que los canadienses Don Tapscott y Anthony D. Williams han desarrollado en su libro Wikonomics, tratado que ha sido abrazado con devoción en las modernas escuelas de negocios que defienden que las grandes redes auto-organizadas de trabajo que suman el esfuerzo y talento de numeroso individuos permitirán desarrollar ambiciosos y complejos proyectos con menores costes de producción.

 

Abuso y explotación

Hasta aquí todo parece perfecto, las empresas hacen su oferta y la masa anónima colabora de forma voluntaria o altruista produciéndose una sinergia que permite el desarrollo y el crecimiento, sin embargo como en otras tantas cosas existe una delgada línea roja que una vez cruzada encierra graves peligros.
La idea central del crowdsourcing reside en la transformación del concepto de ocio en la red, es decir el aprovechamiento del valor que encierran muchas de esas cosas que en Internet hacemos por diversión y que a través de la web pueden canalizarse y capitalizarse. Pero, ¿qué ocurre en sociedades como la nuestra, con una enorme tasa de desempleo, con un excesivo número de profesionales que no puede ser absorbido por el mercado de trabajo y que compiten en el sector del conocimiento?
Es cierto que el crowdsourcing puede aplicarse a casi cualquier área desde la investigación o la ingeniería al desarrollo de software, pero veamos por qué ha tenido un espectacular auge en el sector audiovisual y en la publicidad.

 

Creativos, que no os engañen.

Hace ya tiempo que todo tipo de empresas, aprovechando esta poderosa herramienta de subcontratación irregular anuncian concursos de ideas para sus campañas de marketing a través de empresas que operan en la red. El supuesto concurso no lo es en cuanto a que la empresa no aprovecha o capitaliza el talento y las creaciones disponibles en la red. De hecho no es ninguna oferta sino un encargo detallado a cambio de una retribución económica (en caso de resultar ganador) siempre muy por debajo del precio real de mercado. He podido analizar muchos de estos “briefings” en los que importantes empresas y anunciantes encargan desde el copy para una cuña publicitaria, logotipos o programas de identidad visual hasta spots de televisión o incluso campañas publicitarias completas a cambio de un mísero “premio” que en muchos casos (por ejemplo un spot audiovisual) no puede ni de lejos cubrir los costes de producción sin tener en cuenta la escasa probabilidad de resultar elegido. A menudo las cláusulas de confidencialidad y la cesión de derechos por parte del participante son tan abusivas que éste pierde el control de su obra y por supuesto su idea, sin ninguna compensación por el simple hecho de participar en el supuesto concurso.
La presunta promesa que anima al participante, además del hipotético premio, es siempre la misma: hacer curriculum, crear el porfolio (si eres fotógrafo o diseñador), hacer la carpeta (si eres publicista) o aumentar el metraje de tu bobina (si eres realizador audiovisual). Lo cierto es que en la práctica estas son las mismas vagas ilusiones que alimentan a los eternos aspirantes a un digno puesto de trabajo que ven como pasan los años y no consiguen más que becas y trabajos en prácticas en un sector que se hunde al ritmo de estas prácticas abusivas.

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