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Metropolis-2La constante mejora de las condiciones laborales, la consolidación de derechos y la supresión de aquellos trabajos indignos para la moral y la salud del hombre han sido una prioridad en el desarrollo de la industria y la tecnología hasta el punto de habernos vuelto extremadamente eficientes para sustituir la mano de obra humana por máquinas pero también incapaces de crear el tejido industrial necesario para dar cabida a los millones de personas que demandan puestos de trabajo de alta cualificación. El resultado de este desequilibrio se paga cómo no, con el aumento del paro.

En el clásico cinematográfico Metrópolis (1926), el austríaco Fritz Lang imagina una megalópolis del siglo XXI en la que los obreros viven en el subsuelo, esclavizados por una élite acomodada y sin poder salir al exterior. La carismática María y su enamorado Freder (hijo del presidente de Metrópoli) intentan ayudar a los trabajadores a abandonar sus pésimas condiciones de vida de forma pacífica. Freder temiendo por María contacta con un científico que le proporciona un robot capaz de emular y adoptar las formas y el comportamiento humano. El robot se transforma en una falsa María que finalmente se rebela contra el sistema arengando a las masas y agitando las violentas revueltas que ponen fin a la terrible distopía de Metrópolis.

A los futurólogos les gusta especular sobre las profesiones del futuro siendo común y aceptada la idea de que las únicas personas que tendrán asegurado su puesto de trabajo el día de mañana serán los científicos y los técnicos en programación y ordenadores muy cualificados. Sin embargo lo cierto es que los barrenderos, bomberos, reporteros, policías, limpiacristales, dependientes y demás también serán totalmente necesarios, simplemente porque lo que hacen implica un reconocimiento de pautas.

Cada crimen, cada suceso, cada incendio, etc., son diferentes y por ello no pueden ser gestionados por robots. Parece irónico en cambio, que empleados de banca, contables, agentes de bolsa sí puedan verse sustituidos cuando desarrollen trabajos semirrepetitivos por ordenadores altamente adaptados para seguir la pista de números y obtener resultados.

¿Puede una máquina tener sentido común?

Los robots tienen grandes dificultades para reconocer pautas y lo que es peor, carecen de sentido común. Así verdades tan simples como que el sol calienta, las caricias son agradables o el agua moja y empapa el cabello son aprendidas por los humanos desde la infancia con el complejo desarrollo cognitivo que proporciona la experiencia. Los humanos lo sabemos porque lo hemos visto, sentido y experimentado muchas veces. Podríamos decir que adquirimos el sentido común tropezando una y otra vez con el mundo real. Sin embargo no existe ninguna línea de cálculo que pueda expresar estas verdades y los robots sólo pueden conocer aquello para lo que han sido programados de antemano.

Por tanto los empleos del futuro serán también aquellos que incluyan el sentido común como la creatividad artística, el humor y entretenimiento, el diseño o el liderazgo. Estas cualidades son unívocamente humanas y muy difíciles de adaptar a la inteligencia artificial.

En 1984 se creó el proyecto CYC prediciendo que en sólo diez años un robot conseguiría aprender por sí mismo procesando contenidos de texto y multimedia para después agitar sus alas y despegar por sí mismo. A pesar del optimismo inicial los científicos han tenido que aceptar que CYC ha sido un proyecto fallido.

Hay que programar millones y millones de líneas de código para que un ordenador se aproxime al sentido común de un niño de cuatro años. Los intentos de programar estas leyes en un único ordenador se han complicado sencillamente porque hay muchísimas leyes del sentido común. Algo tan sencillo como distinguir entre un esmoquin y un pijama de franela puede ser endiabladamente difícil para un robot.

El propio Bill Gates tuvo que terminar admitiendo "Ha sido mucho más difícil de lo esperado permitir que los ordenadores y robots sientan sus entornos y reaccionen con rapidez y precisión".

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